lunes, 12 de octubre de 2026

Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

 -Quizás algún hombre necesitó toda una vida par reunir varios de sus pensamientos, mientras  contemplaba el mundo y la existencia, y, entonces, me presenté yo y en dos minutos, izas!, todo  liquidado.

-Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi  completamente ignorado La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer domina todo después del  trabajo.

¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores,  encajar tornillos y tuercas?

-La vida se convierte en una gran carrera, Montag. Todo se hace aprisa, de cualquier modo.

Si el Gobierno es poco eficiente excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag.

Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado, o cuánto maíz produjo lowa el año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trata de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado .

Así, pues, adelante con los clubs las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando sólo se trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa. Prefiero un entretenimiento completo.

Desde 1960, iniciamos y ganamos dos guerras atómicas. ¿Nos divertirnos tanto en casa que nos hemos olvidado del mundo? ¿Acaso somos tan ricos y el resto del mundo tan pobre que no nos preocupamos de ellos? He oído rumores. El mundo padece hambre, pero nosotros estamos bien alimentados. ¿Es cierto que el mundo trabaja duramente mientras nosotros jugamos? ¿Es por eso que se nos odia tanto? También he oído rumores sobre el odio, hace muchísimo tiempo. ¿Sabes tú por qué? ¡Yo no, desde  luego! Quizá los libros puedan sacarnos a medias del agujero. Tal vez pudieran impedirnos que cometiéramos los mismos funestos errores. No esos estúpidos en tu sala de estar hablando de, Dios, 

-Profesor Faber, quiero hacerle una pregunta bastante extraña, ¿Cuántos ejemplares de la Biblia quedan en este país?

-¡No sé de qué me está hablando!

-Quiero saber si queda algún ejemplar.

-¡Esto es una trampa! ¡No puedo hablar con el primero que me llama por teléfono!

-¿Cuántos ejemplares de Shakespeare y de Platón?

-¡Ninguno! Lo sabe tan bien como yo. ¡Ninguno!

Ahora, en tanto que el «Metro» neumático le llevaba velozmente por el subsuelo muerto de la ciudad Montag recordó la lógica terrible de aquella criba bajó la mirada y vio que llevaba la Biblia abierta. Había gente en el «Metro», pero él continuó con el libro en la mano, y se le ocurrió una idea absurda: «Si lees aprisa y lo lees todo, quizá una parte de la arena permanezca en la criba.»

Pero Montag leía y las palabras le atravesaban y pensó: «Dentro de unas pocas horas estará Beatty y estaré yo entregándole esto, de modo que no debe escapárseme ninguna frase. Cada línea ha de ser recordada. Me obligaré a hacerlo.» Apretó el libro entre sus puños

-Oh, disponemos de muchas horas después del trabajo.

-De horas después del trabajo, sí, pero, ¿y tiempo para pensar? Si no se conduce un vehículo a ciento cincuenta kilómetros por hora, de modo que sólo puede pensarse en el peligro que se corre, se está interviniendo en algún juego o se está sentado en un salón, donde es imposible discutir con el televisor de cuatro paredes.. ¿Por qué? El televisor es «real». Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón. Parece tenerla. Te hostiga tan apremiantemente para que aceptes tus propias conclusiones,

-Pero eso sólo serviría para mordisquear los bor es. Toda la cultura está deshecha. El esqueleto necesita un nuevo andamiaje y una nueva reconstitución. ¡Válgame Dios! No es tan sencillo como recoger un libro que se dejó hace medio siglo. Recuerde, los bomberos casi nunca actúan. El público ha dejado de leer por propia iniciativa. Ustedes, los bomberos, constituyen un espectáculo en el que, de cuando en cuando, se incendia algún edificio, y la multitud se reúne a contemplar la bonita hoguera, pero, en realidad, se trata de un espectáculo de segunda fila, apenas necesario para mantener la disciplina. De modo que muy pocos desean ya rebelarse. Y, de esos pocos, la mayoría, como yo, se asustan con facilidad.

Las manos de Faber recogieron la Biblia. Montag vio esta acción y quedó sorprendido.

-¿Desearía poseer esto?

Faber dijo:

-Daría el brazo derecho por ella.

-Los que no construyen deben destruir. Es algo tan viejo como la Historia y la delincuencia juvenil.

Pero Montag se marchó y regresó al instante con un libro en la mano.

-íGuy!

-¡Maldito sea todo, maldito sea todo, maldito sea!

-¿Qué tienes ahí? ¿No es un libro? Creía que, ahora, toda la enseñanza especial se hacía mediante película 

-¡No, no debe sentirse! Si no hubiese guerra, si reinara paz en el mundo, diría, estupendo, divertios. Pero, Montag, no debe volver a ser simplemente un bombero No todo anda bien en el mundo.

Y tú has vociferado: Esta época hace más caso de un tonto con oropeles que de un santo andrajoso, de la escuela de la sabiduría. Y yo he susurrado amablemente: La dignidad de la verdad se pierde con demasiadas protestas. Y tú has berreado:

Las carroñas sangran ante la presencia del asesino. Y yo he dicho, palmoteándote una mano: ¿Cómo? ¿Te produzco anginas? Y tú has chillado:

¡La sabiduría ría es poder! Y: Un enano sobre los hombros de un gigante es el más alto de los dos. Y he resumido mi opinión con extraordinaria serenidad: La tontería de confundir una metáfora con una prueba, un torrente de verborrea con un manantial de verdades básicas, y a sí mismo con un oráculo, es innato en nosotros, dijo Mr. Valéry en una ocasión.

-¿Sabe que ha estallado la guerra?

-Lo he oído decir.

-¿Verdad que resulta curioso?. -dijo el anciano, La guerra nos parece algo remoto porque tenemos nuestros propios problemas.

Entonces, si lo deseaba, Montag podía levantarse, acercarse a la ventana, sin perder de vista el televisor, abrirla, asomarse y verse dramatizado, descrito, analizado. Un drama que podía contemplarse objetivamente, sabiendo que, en otros salones, tenía un tamaño mayor que el natural, a todo color, dimensionalmente perfecto. Y si se mantenía alerta, podría verse, asimismo, un instante antes de perder el sentido, siendo liquidado en beneficio de la multitud de telespectadores que, unos minutos antes,  habían sido arrancados de su sueño por la frenética sirena de sus televisores murales para que pudieran presenciar la gran cacería, el espectáculo de un solo hombre.

-¿Qué puede ofrecemos?

-Nada. Creía tener parte del Eclesiastés, y tal vez un poco del de la Revelación, pero, ahora, ni siquiera me queda eso. 

-El Eclesiastés sería magnífico. ¿Dónde lo tenía?

-Aquí.

Montag se tocó la cabeza.

-¡Ah! -exclamó Granger, sonriendo y asintiendo con la cabeza-.

-¿Qué tiene de malo? ¿No está bien? -preguntó Montag.

-Mejor que bien; ¡perfecto! -Granger se volvió hacia el reverendo-. ¿Tenemos un Eclesiastés?

-Uno. Un hombre llamado Harris, de Youngtown.

-Montag -Granger apretó con fuerza un hombro de Montag-. Tenga cuidado. Cuide su salud. Si algo le Ocurriera a Harris, usted sería el Eclesiastés. ¡Vea lo  importante que se ha vuelto de repente!

- ¡Pero si lo he olvidado!

-No, nada queda perdido para siempre. Tenemos sistemas de refrescar la memoria.

No estaban seguros de que lo que llevaban en sus mentes pudiese hacer que todos los futuros amaneceres brillasen con una luz más pura, no estaban seguros de riada, excepto de que los libros estaban bien archivados tras sus tranquilos ojos, de que los libros esperaban, con las Páginas sin cortar, a los lectores que quizá se presentaran años después, unos, con dedos limpios, y otros, con dedos sucios.

Granger miró la hoguera.

-Fénix.

-¿Qué?

-Hubo un pajarraco llamado Fénix, mucho antes de Cristo. Cada pocos siglos encendía una hoguera y se quemaba en ella. Debía de ser primo hermano del Hombre. Pero, cada vez que se quemaba, resurgía de las cenizas, conseguía renacer. Y parece que nosotros hacemos lo mismo, una y otra vez, pero tenemos algo que el Fénix no tenía. Sabemos la maldita estupidez que acabamos de cometer. Conocemos todas las tonterías que hemos cometido durante un millar de años, y en tanto que recordemos esto y lo conservemos donde podamos verlo, algún día dejaremos de levantar esas malditas piras funerarias y a arrojamos sobre ellas. Cada generación habrá más gente que recuerde.

Y cuando nos pregunten lo que hacemos, podemos decir: «Estamos recordando.» Ahí es donde venceremos a la larga. Y, algún día, recordaremos tanto, que construiremos la mayor pala mecánica de la Historia, con la que excavaremos la sepultura mayor de todos los tiempos, donde meteremos la guerra y la enterraremos.

Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia. Todos somos fragmentos de Historia, de Literatura y de Ley Internacional, Byron, Tom Paine, Maquiavelo o Cristo, todo está aquí. Y ya va siendo tarde. Y la guerra ha empezado. Y estamos aquí, y la ciudad está allí, envuelta en su abrigo de un millar de colores. ¿En qué piensa, Montag?


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